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quinta-feira, 8 de janeiro de 2009

2ª Parte - REFLEXIONES SOBRE LAS REVOLUCIONES INTERRUMPIDAS1


, por Florestan Fernandes

Hay aquí dos temas previos que no deben ser subestimados. Uno tiene que ver con el abuso de categorías históricas, y el otro con los paralelismos con la evolución de los Estados Unidos. Tanto
la “tradición liberal” como la “tradición marxista” fomentan abusos evidentes en el empleo de categorías históricas. No me propongo discutir un tema tan amplio y complejo en estas notas.

Apenas me gustaría decirles a quienes se consideran marxistas que, si pretenden “imitar a Marx”, deben hacerlo con grandeza científica. Recuerden que él (al igual que Engels) no trabajaba con puras abstracciones. Acuérdense, sobre todo, del cruce concreto entre determinaciones generales y particulares, por lo cual el todo del análisis materialista-dialéctico no comporta una simplifi cación conceptual, ni una reducción empírica, ni una abstracción desintegradora.

Recuerden que las explicaciones contenidas en El Capital no son el “otro lado” ni se contraponen a las explicaciones contenidas en Las luchas de clases en Francia o en El 18 Brumario. El mismo método de construcción empírica y de explicación lógica está presente en todos esos trabajos, y no se es “marxista” por la mitad, extrayendo un poco de aquí y otro poco de allí, de acuerdo con las conveniencias del ensayista. Es fácil transferir ideas, pero no se puede transferir la transformación de lo real: si una clase ha alcanzado o no su desarrollo completo y su forma pura, si están o no dadas las condiciones para que la burguesía (o una fracción de ella) pueda realizar esto o aquello. En defi nitiva, ser marxista no es una cuestión de “manía fi losófi ca” y no se puede, con ese fundamento, proyectar sobre el dato real categorías abstractas o dinamismos históricos hacia los cuales él “puede tender” (o “debería corresponder”) si la periferia del mundo capitalista fuera una mera repetición del espacio central.

Por su parte, los Estados Unidos también tienen un origen colonial. Sin embargo, desde su formación como colonia se constituyeron allí dos universos históricos distintos, vinculados entre sí por el destino colonial, aunque opuestos de forma diferente a la situación colonial, a la metrópoli y a la dominación del capital.

Por lo tanto, cuando se dio la ruptura con la metrópoli, uno de los universos sirvió de base para una auténtica autonomización nacionalizadora del desarrollo capitalista. Tal condición no ocurrió en el resto de las Américas y sería vano suponer que el desarrollo capitalista genera por sí mismo automatismos de clase que, tarde o temprano, conducen a las clases burguesas hacia ciertas compulsiones autonomistas e imperialistas. En el resto de las Américas el capital mercantil quedó atado a ciertas órbitas históricas y ello es decisivo para establecer determinadas evoluciones típicas del “capitalismo colonial” hacia el “capitalismo neocolonial” y hacia el “capitalismo dependiente”. Las burguesías que surgieron gracias a dichas evoluciones —de las cuales ellas también fueron sus agentes históricos— tuvieron “sueños de grandeza”, pero nunca tuvieron los contenidos ni las dimensiones de quienes alimentaron la “utopía capitalista” de los padres fundadores de la República del Norte.

La “interrupción de las revoluciones” se presenta como un fenómeno político repetitivo. Con frecuencia, se podría decir, entra en juego el mismo abortamiento de la revolución burguesa. La base económica y social del desarrollo capitalista hace que, en la gran mayoría de los países de América Latina, los estratos burgueses sean muy débiles, tanto en su presencia como en su capacidad de decisión. En síntesis, las “condiciones objetivas” de la transformación capitalista son demasiado débiles y discontinuas como para alimentar cambios constantes en sus “condiciones subjetivas”. La búsqueda de las “ventajas del pequeño número” sufre una erosión destructiva, en términos de la mentalidad capitalista, e impulsa colectivamente a la burguesía a privilegiar sus relaciones con el mercado mundial, a fortalecer unilateralmente su posición de poder y a evitar riesgos que podrían ser transferidos a los “socios externos” y a la colectividad, por la mediación del mercado externo, de la dominación paternalista o del Estado.

Como consecuencia, en la mayoría de los países el período de transición neocolonial es muy prolongado, y en ellos el Estado capitalista constituye una factoría ampliada a través de la cual verdaderas burguesías compradoras utilizan el monopolio del poder político como elemento de trueque en las transacciones mercantiles con el exterior. Por su parte, en los pocos países en los que esto no sucede, las clases burguesas segregan más o menos (a veces casi por completo) al Estado de la Nación, tomando através del primero decisiones políticas en nombre de la segunda, lo cual provoca una extrema exacerbación del elemento político inherente al capitalismo y retira de la transformación capitalista, en escala variable, el potencial de presión de las clases trabajadoras.

Por lo tanto, desde una perspectiva externa superfi cial, todo “parece igual” o “gris” en América Latina, y el cambio social progresivo —aunque surja de situaciones revolucionarias— parece un “factor de refuerzo” del statu quo. Una visión como ésta corre el riesgo de ser entendida como “caricaturesca” y, al mismo tiempo, como “muy severa”. La misma es ambas cosas a la vez, pero no por ello menos verdadera…

La caricatura reproduce los rasgos típicos más esenciales del objeto representado. Después de 40 años de experiencia concreta como sociólogo, he llegado a la conclusión de que sólo el máximo
de severidad le otorga al observador un mínimo de objetividad.

El dilema, para mí, no es éste, sino que el mismo se encuentra en el número de temas que sería preciso enfrentar para proceder a una evaluación correcta del signifi cado sociológico y político de las “revoluciones interrumpidas”. Empezando por el hecho de que las mismas no son “interrumpidas” para los estratos más privilegiados de las clases dominantes (incluyendo en éstas a los socios externos involucrados y los intereses imperiales de las respectivas naciones). El circuito de la revolución es interrumpido en el nivel a partir del cual sus dividendos serían compartidos, ya sea con los “menos iguales” de las clases dominantes o con “los de abajo”. La interrupción sólo se hace evidente por medio de un artifi cio comparativo: lo que sucedió en casos análogos en los países centrales y lo que sucedería si… De hecho, el radio de esas revoluciones es tan pequeño que sería una “anomalía” que las mismas transcurrieran de otra manera. He aquí mi dilema: si quisiera enfrentar el tema seriamente tendría que escribir un libro, no un pequeño artículo: tal es el número de cuestiones no resueltas o mal resueltas que debería enfrentar.

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