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sexta-feira, 23 de janeiro de 2009

8ª Parte - REFLEXIONES SOBRE LAS REVOLUCIONES INTERRUMPIDAS1

, por Florestan Fernandes

El otro asunto que cabe destacar preliminarmente es el del sustento de la solución política encontrada para la fi nanciación de ese patrón de desarrollo capitalista. Como se dice hoy en día, los “costos” deberían ser descargados en los agentes directos o indirectos, centrales o marginales, de las formas de producción y de trabajo preexistentes. Los economistas usan un lenguaje ambiguo: hablan de “modelo agrario-exportador”, y con ello dejan en penumbras la expoliación real llevada a cabo de modo desigual por los agentes del capital mercantil interno (del campo y de la ciudad) y externo. Ese modelo sería impracticable si los costos operativos fueran, de hecho, fi jados por los “mecanismos del mercado”. Quienes entraban en el mercado y tenían el privilegio de llamarse agentes productivos también tenían el privilegio económico, social y político de excluir a los verdaderos agentes de la producción (esclavos, libertos, trabajadores semilibres) del propio mercado. Como diría Max Weber, éstos no pasaban por el mercado, y por lo tanto no se clasifi caban a partir del mismoni contaban, en consecuencia, social ni políticamente. El “cálculo económico racional”, intrínseco a esa mentalidad capitalista, forjaba una expoliación global equivalente a la expoliación colonial y fundada en formas de propiedad coloniales que sólo serían abolidas legalmente en forma renuente y socialmente encontrarían una continuidad infinita (aunque en algunos países el proceso haya sido relativamente rápido, por lo menos en el plano legal). Los ritmos más veloces acabaron dependiendo de la expansión y de la vitalidad del mercado, por lo menos en lo que respecta a ciertas ciudades más importantes, productoras de satélites (como el célebre caso de Buenos Aires), pero sin afectar el doble carácter del nuevo patrón emergente y en consolidación de desarrollo económico: subordinado a los centros estratégicos de la economía mundial y prácticamente extorsivo en cuanto a la masa de la población pobre y trabajadora, independientemente de su condición civil formal.

Esa situación histórica, descrita muy sumariamente, es tan decisiva para la “América Latina moderna” como lo es el período formativo colonial. De hecho, en ella se forja una persistente tendencia estructural, descrita eufemísticamente por los científicos sociales como de “expoliación del campo por la ciudad”, y también una fuerte propensión histórica al envilecimiento del trabajo y del trabajador. En los países en los que la transición neocolonial no fue prolongada o ultraprolongada, la primera tendencia no desapareció con la implementación del capitalismo dependiente. Por el contrario, el crecimiento del mercado interno, la expansión de las ciudades y de sus funciones urbano-comerciales, la industrialización y el propio crecimiento del aparato del Estado y la diferenciación de sus funciones extrapolíticas (especialmente las económicas) han dependido en gran medida del congelamiento de la descolonización. La cuestión ha sido planteada en términos de conversión del excedente económico de los empresarios agrarios en inversiones en el sector urbano-comercial e industrial posibilitadas por el “subdesarrollo del campo” (principalmente cuando se traducen los precios de los alimentos básicos en costo de trabajo). Pero el “subdesarrollo del campo” no constituye unarealidad histórica universal y homogénea. El mismo no afectó a los estamentos señoriales, no perjudicó la transformación de la aristocracia agraria en burguesía rural ni ha excluido (tanto en el pasado como en el presente) a la legión de intermediarios (que especulan lucrativamente con los productos primarios) de la sociedad civil. Ésta se desplomó, unilateralmente, sobre el hombre pobre del campo, convertido en trabajador semilibre de modo permanente. Del sector rural no proviene una resistencia política articulada contra la reproducción indefi nida de esa tendencia, por un motivo muy simple: quienes son directamente privilegiados por el congelamiento de la descolonización tienen más interés en defender la continuidad del statu quo que en combatir los prejuicios coyunturales que puedan resultar de la variación de su posición en el prorrateo de la masa de plusvalía (o de excedente económico, si se quisiera describir el proceso de esta manera) por las clases burguesas. Los indirectamente privilegiados, como los comerciantes, los industriales o los banqueros, saben que el país no puede “fi nanciar su desarrollo” de otra manera… Los economistas usan un lenguaje discreto y pueden hablar de transferencia de costos de industrialización, por ejemplo, del sector urbano hacia el sector rural. En realidad, tanto el capitalismo neocolonial como el capitalismo dependiente exigen la repartición desigual, que convierte al desheredado de la tierra en un nuevo paria social.

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