BLOQUE ZONA LIVRE em Construção

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terça-feira, 13 de janeiro de 2009

5 ª Parte - REFLEXIONES SOBRE LAS REVOLUCIONES INTERRUMPIDAS1


, por Florestan Fernandes

Tenemos que enterrar el lugar común en cuestión y orientar el pensamiento sociológico ontestatario en la dirección opuesta, la única que puede ayudar a “los de abajo” a tomar conciencia de las situaciones revolucionarias emergentes y a luchar por la profundización de la revolución dentro del orden, o contra él.


Esta introducción podrá parecer impertinente, o cuando menos excesiva para las proporciones del trabajo. No es ese mi pensamiento. En el fondo, no tenemos cuatro subtemas sino cuatro problemáticas que se unen en el arco implícito de revolución /contrarrevolución de las clases burguesas y estabilización represiva / revolución de las clases trabajadoras. Lo esencial, cuando se piensa en la reflexión política del lector, es que ese arco se haga evidente y dirija su propio curso de imaginación política contestataria. Lo que yo pueda decir es secundario frente a lo que el lector pueda representarse por su cuenta y riesgo. Sin pretender condicionar esa colaboración creadora, he sentido la necesidad de marcar bien las líneas negativas de tradiciones culturales y sofocantes que, a pesar de ello, pasan por “científi cas” y “estimulantes”. Mi deseo íntimo es que el lector me supere, o por lo menos disponga de una base sólida para compartir mi convicción de que todas esas tradiciones deben ser enterradas, junto con el patrón histórico de las “revoluciones interrumpidas”. Poco importa que el texto subsiguiente no llegue más allá de lo que debería ser hecho. Mucho más importa saber que las alternancias de “conciliación” y “reforma” traducen el confl icto crónico tanto del capitalismo neocolonial como del capitalismo dependiente. Para destruir ese confl icto es necesario acabar con la conciliación y con la reforma como “algo que viene impuesto desde arriba” y “sólo permanece arriba”.

segunda-feira, 12 de janeiro de 2009

4ª Parte - REFLEXIONES SOBRE LAS REVOLUCIONES INTERRUMPIDAS1

, por Florestan Fernandes

Todo escrito implica una complicidad entre el autor y el lector. Me ha parecido justo defi nir los términos de esa complicidad. A través de una excursión sumaria por ciertos temas estratégicos,
me parece oportuno que el lector concluya, no importa si a favor o en contra de mis argumentos, cuál será su ruta de entendimiento del tema. No veo mucha difi cultad en seleccionar los temas estratégicos. Considero que son cuatro: el problema de la descolonización, los límites de la “transformación capitalista”, las lecciones de Cuba y determinar quién se aprovecha de las contradicciones en la lucha de clases.


Constituye una tradición afi rmar que la órbita colonial se ha extinguido. Cuando mucho, se admite que han quedado algunos vestigios en los países “más pobres” y “más atrasados” de América Latina. En los otros, que no son muchos, tales cuestiones sólo aparecerían en “ciertos tipos de conducta” (como el mangoneo) o con referencia a “ciertas condiciones de vida” localizadas (por ejemplo, entre indígenas o en las “poblaciones carenciadas”). Nunca se plantea la cuestión central: ¿qué ingresa en el circuito de la descolonización cuando ésta es obra histórica de las elites económicas y militares de los estamentos dominantes? ¿Y qué es condenado a permanecer de manera perpetua fuera de la descolonización para que las clases burguesas emergentes puedan controlar el cambio social progresivo sin arriesgar tanto su supremacía social en lo que respecta a su monopolio del poder político?


También es una tradición establecer un paralelismo tácito entre la transformación capitalista corriente (o posible dentro del capitalismo neocolonial y del capitalismo dependiente) y la que tuvo lugar en algunos países de Europa, así como en los Estados Unidos. Incluso sin poner en jaque ese paralelismo —que nunca debería ser convertido en un modo de ver la historia desde un
“palacio de espejos”—, existen reglas de investigación precisas que exigen que al menos se consideren diferencias relacionadas con la “forma del desarrollo capitalista” y con el “grado de desarrollo capitalista”. Un desarrollo capitalista transformado en satélite no lanza a la arena política a una “burguesía conquistadora”; un desarrollo capitalista con baja industrialización o con una industrialización masiva incipiente no cuenta, de inmediato, con un “proletariado independiente”. Los elementos “objetivos” y “subjetivos” de transformación capitalista imponen, pues, una orientación para arribar a una solución histórica objetiva.

La Revolución Cubana “ha separado” el pasado del presente. Ella no sólo se erige en un marco histórico, un “divisor de aguas”, sino que pone de manifi esto que la negación del pasado se introduce como corriente histórica en el proceso civilizador de América Latina. ¿Qué representa esa revolución como modelo opuesto de las revoluciones interrumpidas? ¿Por qué, en el marco del capitalismo, los elementos dominantes, primero, y las clases dominantes, después, no pudieron ir más allá del cambio social progresivo, cerrado por el egoísmo de los dueños del poder
o confi nado al universo de los “más iguales entre los iguales”? Cualquier revolución verdadera genera patrones propios de cambio social y permite que se reconstruya el entendimiento del pasado reciente y remoto. ¿Por qué no se han explorado estas dos dimensiones en el caso de Cuba, que al mismo tiempo ha modifi cado la calidad de la historia y la calidad de la conciencia histórica en América Latina?

Por último, no es sólo una tradición sino también un lugar común decir que las contradicciones sociales dinamizan la lucha de clases y son una especie de partera del futuro ideal. Ahora bien, esto no pasa de una mera verborragia vacía y de un mecanicismo barato. Las contradicciones refl ejan la forma y el grado del desarrollo del capitalismo, así como la relación recíproca de clases sociales antagónicas. En la tradición marxista lo adecuado sería preguntar si las clases trabajadoras disponen o no de las condiciones objetivas y subjetivas para trabar, en nombre propio y en su provecho, la lucha de clases. ¿Qué hacer para poner fi n a las revoluciones “interrumpidas” del pasado remoto, del pasado reciente y del presente? En las relaciones antagónicas de clases no son la justicia social ni el criterio de equidad de los proletarios los que determinan quién explotará estratégicamente las contradicciones percibidas y dinamizadas a través de conflictos reales o simulados.

sexta-feira, 9 de janeiro de 2009

3ª Parte - REFLEXIONES SOBRE LAS REVOLUCIONES INTERRUMPIDAS1

, por Florestan Fernandes

Por su parte, en los pocos países en los que esto no sucede, las clases burguesas segregan más o menos (a veces casi por completo) al Estado de la Nación, tomando a través del primero decisiones políticas en nombre de la segunda, lo cual provoca una extrema exacerbación del elemento político inherente al capitalismo y retira de la transformación capitalista, en escala variable, el potencial de presión de las clases trabajadoras.

Por lo tanto, desde una perspectiva externa superfi cial, todo “parece igual” o “gris” en América Latina, y el cambio social progresivo —aunque surja de situaciones revolucionarias— parece un “factor de refuerzo” del statu quo. Una visión como ésta corre el riesgo de ser entendida como “caricaturesca” y, al mismo tiempo, como “muy severa”. La misma es ambas cosas a la vez, pero no por ello menos verdadera…

La caricatura reproduce los rasgos típicos más esenciales del objeto representado. Después de 40 años de experiencia concreta como sociólogo, he llegado a la conclusión de que sólo el máximo de severidad le otorga al observador un mínimo de objetividad. El dilema, para mí, no es éste, sino que el mismo se encuentra en el número de temas que sería preciso enfrentar para proceder a una evaluación correcta del signifi cado sociológico y político de las “revoluciones interrumpidas”. Empezando por el hecho de que las mismas no son “interrumpidas” para los estratos más privilegiados de las clases dominantes (incluyendo en éstas a los socios externos involucrados y los intereses imperiales de las respectivas naciones). El circuito de la revolución es interrumpido
en el nivel a partir del cual sus dividendos serían compartidos, ya sea con los “menos iguales” de las clases dominantes o con “los de abajo”. La interrupción sólo se hace evidente por medio de un artifi cio comparativo: lo que sucedió en casos análogos en los países centrales y lo que sucedería si… De hecho, el radio de esas revoluciones es tan pequeño que sería una “anomalía” que las mismas transcurrieran de otra manera. He aquí mi dilema: si quisiera enfrentar el tema seriamente tendría que escribir un libro, no un pequeño artículo: tal es el número de cuestiones no resueltas o mal resueltas que debería enfrentar. Por ejemplo, el período colonial parece muy lejano, el “pasado remoto”; sin em bargo, el mismo está vivo y actúa, y no sólo en América Latina.

Tomemos como punto de referencia el grado de deshumanización de la persona. ¿Cómo explicar el Ku Klux Klan en los Estados Unidos si no es a través de la persistencia de una deshumanización, de porte y de estándar coloniales, de la persona? El “negro” no es más el “enemigo público del orden” de la época esclavista y del período de transición hacia el trabajo libre. No obstante, la seguridad de los “blancos” exige que semejante residuo colonial se reconstituya y se reproduzca en nuevas condiciones de vida. Otro ejemplo: el pasaje del estamento y de la casta hacia la clase, más o menos defi nido, por lo menos en los países que tienen un mercado interno extenso, un sector urbano-comercial consolidado (o “dinámico”) y algún potencial industrializador fl oreciente.

Los que no siguen el ejemplo de Marx y Engels y de la tradición sociológica europea ni siquiera se plantean este problema. Sin embargo, la disgregación del orden social no se dio de la misma manera en todas partes y, casi como regla, el período de transición neocolonial (en el que el mismo no se estabilizó) les confi rió a las formas económicas y sociales coloniales un fl ujo más fuerte. Era “normal”, pues entonces surgieron las condiciones históricas que posibilitaban, antes del colapso, el fl orecimiento de tales formas económicas y sociales. Un último ejemplo: el carácter restricto o meramente “político” de tales revoluciones. Éstas se encierran en el vértice de la sociedad y, dentro de ese vértice, mientras el régimen de clases sociales no estuviera expandido en función del grado y de la forma de desarrollo capitalista, los confl ictos de los estamentos dominantes tendrían que resolverse por composición (a veces por composición regulada, como sucedía con el poder moderador en Brasil) de los “más iguales”. Para que ocurriera lo contrario sería necesario que la sociedad civil se encontrara más diferenciada y que “los de abajo” tuvieran alguna voz política institucionalizada.

Las revoluciones “meramente políticas” tenían, por lo tanto, una naturaleza íntima que refl ejaba la organización de la economía, de la sociedad y del poder. ¿Cómo se podrían tratar aquí todos esos temas (y otros, igualmente importantes, que no han sido mencionados)?

quinta-feira, 8 de janeiro de 2009

2ª Parte - REFLEXIONES SOBRE LAS REVOLUCIONES INTERRUMPIDAS1


, por Florestan Fernandes

Hay aquí dos temas previos que no deben ser subestimados. Uno tiene que ver con el abuso de categorías históricas, y el otro con los paralelismos con la evolución de los Estados Unidos. Tanto
la “tradición liberal” como la “tradición marxista” fomentan abusos evidentes en el empleo de categorías históricas. No me propongo discutir un tema tan amplio y complejo en estas notas.

Apenas me gustaría decirles a quienes se consideran marxistas que, si pretenden “imitar a Marx”, deben hacerlo con grandeza científica. Recuerden que él (al igual que Engels) no trabajaba con puras abstracciones. Acuérdense, sobre todo, del cruce concreto entre determinaciones generales y particulares, por lo cual el todo del análisis materialista-dialéctico no comporta una simplifi cación conceptual, ni una reducción empírica, ni una abstracción desintegradora.

Recuerden que las explicaciones contenidas en El Capital no son el “otro lado” ni se contraponen a las explicaciones contenidas en Las luchas de clases en Francia o en El 18 Brumario. El mismo método de construcción empírica y de explicación lógica está presente en todos esos trabajos, y no se es “marxista” por la mitad, extrayendo un poco de aquí y otro poco de allí, de acuerdo con las conveniencias del ensayista. Es fácil transferir ideas, pero no se puede transferir la transformación de lo real: si una clase ha alcanzado o no su desarrollo completo y su forma pura, si están o no dadas las condiciones para que la burguesía (o una fracción de ella) pueda realizar esto o aquello. En defi nitiva, ser marxista no es una cuestión de “manía fi losófi ca” y no se puede, con ese fundamento, proyectar sobre el dato real categorías abstractas o dinamismos históricos hacia los cuales él “puede tender” (o “debería corresponder”) si la periferia del mundo capitalista fuera una mera repetición del espacio central.

Por su parte, los Estados Unidos también tienen un origen colonial. Sin embargo, desde su formación como colonia se constituyeron allí dos universos históricos distintos, vinculados entre sí por el destino colonial, aunque opuestos de forma diferente a la situación colonial, a la metrópoli y a la dominación del capital.

Por lo tanto, cuando se dio la ruptura con la metrópoli, uno de los universos sirvió de base para una auténtica autonomización nacionalizadora del desarrollo capitalista. Tal condición no ocurrió en el resto de las Américas y sería vano suponer que el desarrollo capitalista genera por sí mismo automatismos de clase que, tarde o temprano, conducen a las clases burguesas hacia ciertas compulsiones autonomistas e imperialistas. En el resto de las Américas el capital mercantil quedó atado a ciertas órbitas históricas y ello es decisivo para establecer determinadas evoluciones típicas del “capitalismo colonial” hacia el “capitalismo neocolonial” y hacia el “capitalismo dependiente”. Las burguesías que surgieron gracias a dichas evoluciones —de las cuales ellas también fueron sus agentes históricos— tuvieron “sueños de grandeza”, pero nunca tuvieron los contenidos ni las dimensiones de quienes alimentaron la “utopía capitalista” de los padres fundadores de la República del Norte.

La “interrupción de las revoluciones” se presenta como un fenómeno político repetitivo. Con frecuencia, se podría decir, entra en juego el mismo abortamiento de la revolución burguesa. La base económica y social del desarrollo capitalista hace que, en la gran mayoría de los países de América Latina, los estratos burgueses sean muy débiles, tanto en su presencia como en su capacidad de decisión. En síntesis, las “condiciones objetivas” de la transformación capitalista son demasiado débiles y discontinuas como para alimentar cambios constantes en sus “condiciones subjetivas”. La búsqueda de las “ventajas del pequeño número” sufre una erosión destructiva, en términos de la mentalidad capitalista, e impulsa colectivamente a la burguesía a privilegiar sus relaciones con el mercado mundial, a fortalecer unilateralmente su posición de poder y a evitar riesgos que podrían ser transferidos a los “socios externos” y a la colectividad, por la mediación del mercado externo, de la dominación paternalista o del Estado.

Como consecuencia, en la mayoría de los países el período de transición neocolonial es muy prolongado, y en ellos el Estado capitalista constituye una factoría ampliada a través de la cual verdaderas burguesías compradoras utilizan el monopolio del poder político como elemento de trueque en las transacciones mercantiles con el exterior. Por su parte, en los pocos países en los que esto no sucede, las clases burguesas segregan más o menos (a veces casi por completo) al Estado de la Nación, tomando através del primero decisiones políticas en nombre de la segunda, lo cual provoca una extrema exacerbación del elemento político inherente al capitalismo y retira de la transformación capitalista, en escala variable, el potencial de presión de las clases trabajadoras.

Por lo tanto, desde una perspectiva externa superfi cial, todo “parece igual” o “gris” en América Latina, y el cambio social progresivo —aunque surja de situaciones revolucionarias— parece un “factor de refuerzo” del statu quo. Una visión como ésta corre el riesgo de ser entendida como “caricaturesca” y, al mismo tiempo, como “muy severa”. La misma es ambas cosas a la vez, pero no por ello menos verdadera…

La caricatura reproduce los rasgos típicos más esenciales del objeto representado. Después de 40 años de experiencia concreta como sociólogo, he llegado a la conclusión de que sólo el máximo
de severidad le otorga al observador un mínimo de objetividad.

El dilema, para mí, no es éste, sino que el mismo se encuentra en el número de temas que sería preciso enfrentar para proceder a una evaluación correcta del signifi cado sociológico y político de las “revoluciones interrumpidas”. Empezando por el hecho de que las mismas no son “interrumpidas” para los estratos más privilegiados de las clases dominantes (incluyendo en éstas a los socios externos involucrados y los intereses imperiales de las respectivas naciones). El circuito de la revolución es interrumpido en el nivel a partir del cual sus dividendos serían compartidos, ya sea con los “menos iguales” de las clases dominantes o con “los de abajo”. La interrupción sólo se hace evidente por medio de un artifi cio comparativo: lo que sucedió en casos análogos en los países centrales y lo que sucedería si… De hecho, el radio de esas revoluciones es tan pequeño que sería una “anomalía” que las mismas transcurrieran de otra manera. He aquí mi dilema: si quisiera enfrentar el tema seriamente tendría que escribir un libro, no un pequeño artículo: tal es el número de cuestiones no resueltas o mal resueltas que debería enfrentar.

terça-feira, 6 de janeiro de 2009

1ª Parte - REFLEXIONES SOBRE LAS REVOLUCIONES INTERRUMPIDAS1


, por Florestan Fernandes

El tema de las revoluciones “paralizadas” o “frustradas” ha vuelto a estar a la orden del día. Historiadores y sociólogos retoman el hilo de una refl exión cuyas raíces se encuentran en el siglo pasado, aunque las explicaciones sean otras y a veces combinen la inquietud política, la insatisfacción social y el refi namiento teórico—como sucede con los aportes de Orlando Fals Borda, 2 quien a lo largo de su carrera ha venido enfocando el tema de varias maneras, en términos de la evolución histórica de Colombia o de la situación global de América Latina.

La historiografía marxista también se vincula a este debate teórico. Al parecer, el emprendimiento más ambicioso lo llevó a cabo Adolfo Gilly,3 que recurre a la teoría de la revolución
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1 Publicado originalmente como “Reflexões as revoluções interrompidas”, en Florestan Fernandes, Poder e contrapoder na América Latina, Rio de Janeiro, Zahar, 1980, pp. 77-114.

Texto extraído, para la presente edición, de Florestan Fernandes, Poder e contrapoder na América Latina, Rio de Janeiro, Zahar, 1981, pp. 71-114.

2 Orlando Fals Borda, La subversión en Colombia: visión del cambio social en la historia, Bogotá, Departamento de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia y Tercer Mundo, 1967, y Las revoluciones inconclusas en América Latina: 1809-1968, México, Siglo XXI Editores, 1968.
3 Adolfo Gilly, La revolución interrumpida. México, 1910-1920: una guerra campesina por la tierra y el poder, México, Ediciones El Caballito, 1971
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permanente para describir y explicar la “interrupción” del procesorevolucionario en México. Junto con Cuba, México tuvola oportunidad histórica de una situación revolucionaria de dos vertientes: una “burguesa” y otra “proletaria”. Contrario de loque sucedió en Cuba, en México la revolución se interrumpió enun nivel burgués. El mérito de la interpretación de Gilly es que él no apela al concepto de institucionalización de la revolución: el fl ujo se vio interrumpido pero podrá renacer y crecer de otraforma histórica. La contraprueba de la precisión de su diagnóstico es provista por Cuba, en donde la situación revolucionaria global desató fuerzas sociales y políticas que profundizaron la disgregación del orden existente y alejaron la reconstrucción de la economía, de la sociedad y del Estado.

En esta breve incursión no pretendo realizar un balance bibliográfico ni tampoco marcar lo que en varios países de América Latina se logró descubrir mediante la “investigación científi ca comprometida”. Es sorprendente cuánto se ha avanzado, desde fi nes de la década de los cuarenta, en una obra consistente en la revisión de la explicación de la historia, que no se ha “unifi cado” a la luz de una teoría pero que ha llevado a resultados francamente convergentes y reforzado considerablemente una línea de trabajo intelectual cuyos grandes pioneros han sido José Carlos Mariátegui, Caio Prado Júnior y Sergio Bagú. Mi objetivo es más limitado,y consiste en indagar hasta dónde podría llegar la transformación capitalista en países que no han roto por completo con las formas coloniales de explotación del trabajo y en los que las clases dominantes se han vuelto burguesas a través y detrás del desarrollo del capitalismo. En la lucha interna por la sumisión de las clases subalternas —que no eran propiamente clases, sino estamentos y castas—, éstas pugnaban por convertir formas coloniales de propiedad en modos capitalistas de propiedad y de apropiación social. Su éxito engendró una transformación capitalista peculiar, que no puede ser esclarecida en función de la disgregación del mundo feudal en Europa. La historia no se “repitió” porque no había razón para que eso pasara. Se trataba de otra historia: la del capitalismo en los países de origen colonial.